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El lenguaje hermético de los alquimistas /Segunda parte / La alquimia en la historia

Sábado 27 de junio de 2009, por Alfonso Esparza C.

La mayoría de los diccionarios contemporáneos definen a la alquimia como una pseudociencia quimérica que tiene por objeto la transmutación de los metales en oro. Pero nosotros nos preguntamos si serían necesarios más de veinte siglos y el dispendio de cientos de vidas para gastarse en simples “quimeras”.

Si bien es cierto que uno de los objetivos de la alquimia era la referida transmutación en la búsqueda de la Piedra Filosofal, y del oro potable o elíxir de la vida, como dice Serge Hutin, “la terminología alquímica tenía en realidad un sentido figurado y significaba oro espiritual. El propósito del alquimista no era la búsqueda del oro material: era la purificación del alma (…) la transmutación del plomo en oro era la elevación del individuo hacia lo bello, la verdad, el bien, la realización del arquetipo que cada ser humano lleva dentro de sí. El hombre era la materia misma de la Gran Obra”. (1) [1]

La alquimia, como toda doctrina esotérica, responde a determinadas aspiraciones, a ciertos deseos, a tendencias eternas del espíritu humano; tiene correspondencia con una estructura tradicional del pensamiento; de ahí la posibilidad de un estudio psicológico del simbolismo alquímico.

La transmutación de los metales era sólo la objetivación de la obra espiritual en la materia en un vasto proceso de realización interna que a veces consumía toda la vida del adepto que la emprendía. Hay una profunda analogía entre la gnosis, que enseña el verdadero sentido de teorías filosóficas y religiosas, disimulado tras el velo de símbolos y alegorías. La alquimia, en cuanto doctrina, busca el conocimiento de las propiedades ocultas de la materia y lo representa con símbolos.

El Arte Regia, así denominada por los adeptos, es teoría y práctica que comprendía dos fases: “la transmutación de los metales en oro (crisopea) mediante el descubrimiento de la Piedra Filosofal, y el descubrimiento de la Panacea y la prolongación de la vida humana, la felicidad perfecta en el seno de la divinidad, la identificación con el alma del mundo y la relación con los espíritus celestes”. (2) [2]

En su carácter “teórico”, la alquimia asimiló desde sus orígenes los restos de todas las doctrinas geofísicas de fines de la antigüedad, “…que fueron combatidas por la Iglesia con encarnizamiento pero que no dejaron de marchar subterráneamente durante muchos siglos: hermetismo propiamente dicho, gnosis diversas, paganismo místico, religiones de misterios, neoplatonismo… más tarde la filosofía hermética recurrió a la cábala judía sin llegar a confundirse con ella”. (3) [3]

A pesar de la amalgama de conocimientos diversos, la alquimia se llegó a consolidar como un sistema coherente y organizado, desarrollándose con plena autonomía. Cabe señalar que el conocimiento alquímico se fue configurando y al complementarse con nuevas contribuciones en su desarrollo histórico, alcanzó plena madurez en la Edad Media.

“Junto a los alquimistas propiamente dichos (…) hubo dos categorías más de personajes que intentaron transmutar los metales: primero los fraguadores y, después, más cercanos a nosotros, los alquimistas (…) el público ha confundido siempre a estos personajes (…) con los auténticos filósofos herméticos”. (4) [4]

Posiblemente debido a ello, el prestigio de los alquimistas decayó hasta ser tachados popularmente como charlatanes. Los “fraguadores” o “sopladores” fueron un tipo de orfebres obsesionados por la obtención de oro, ignorando el trabajo espiritual y el carácter alegórico de la obra. Frecuentemente, se hicieron pasar por adeptos engañando al público.

Los alquimistas, preocupados solamente por las operaciones metalúrgicas, fueron los precursores de los químicos modernos.

Cabe mencionar una tercera categoría de personajes, los espagiristas, preocupados por el aspecto medicinal del arte, siendo los predecesores de la medicina homeopática y de la cura por vía del magnetismo, la imposición de las manos, y otras prácticas no convencionales. Las labores de estos personajes fueron importantes también con el descubrimiento de sustancias y procedimientos significativos en el terreno científico.

La alquimia no parece haber sido más que una técnica metalúrgica hasta el siglo II a. C. A partir de esa época y hasta el siglo III, fue al mismo tiempo un arte y una filosofía, fuertemente impregnada de misticismo, para luego ir tomando cada vez más evidentemente el aspecto de un ceremonial metafísico mediante la manipulación mística de la materia, sin dejar por eso de ser un arte y una filosofía.

“La verdadera alquimia no es ni puramente material, ni puramente espiritual, al menos a un cierto nivel. Esta dicotomía no es ya más que la consecuencia de un trágico divorcio con la naturaleza, propio del hombre moderno marcado por la decadencia de la tradición judeocristiana (…), pero estas imágenes puramente existencialistas (dicotomía materia-espíritu) confirman la alegoría dialéctica, que es verdaderamente el principio de la base de la alquimia: la del equilibrio perfecto entre materia y espíritu (…) si Occidente hubiera sabido unir ‘saber’ y ‘conocimiento’, no estaría en vías de preparar febrilmente (‘toda precipitación es del Diablo’, decía Fulcanelli) su propia destrucción por la antialquimia, a saber las armas nucleares”. (5) [5]

El origen de la alquimia se sitúa en Oriente próximo, en tierras donde el sacerdocio místico y el trabajo metalúrgico se encontraban a cierto grado de desarrollo. El patrimonio del Ars Magna es conferido a un ser cuasi mítico, antediluviano: Hermes Trismegisto, procedente de Egipto, que encarna al dios Thot, ministro del esoterismo arcaico.

La ciencia de Hermes fue difundida entre egipcios y caldeos, y pronto se extendió a la Hélade y vastas zonas del Mediterráneo. Pero el origen histórico propiamente dicho, se encuentra -como se dijo anteriormente- en Egipto, en el siglo III de nuestra era, fecha en que apareció un manuscrito atribuido a Hermes, la exégesis de la alquimia, la Tabla Esmeralda.

Sin embargo, no existe exclusivismo geográfico en la práctica de la llamada en el medievo Alta Ciencia, pues encontramos sus huellas en Grecia, China, India y, más tarde, entre los árabes.

En esta genealogía tiene una función muy importante la figura mitológica del dios Vulcano-Hefesto, pues será el patrón de la ciencia de los metales y del control del fuego sagrado.

“Los más antiguos depositarios que conocemos de estos ritos metalúrgicos son los cabiros, habitantes histórico-míticos de la isla de Samotracia, en el mar Egeo (…) los cabiros, hijos del fuego, serían los depositarios de la tradición titánica, de la ciencia de las ciencias”. (6) [6]

Son varios los grandes nombres de los precursores de la alquimia, escritores de tratados, unos apócrifos, otros “no tanto”, pero lo importante fue la labor de transmitir su conocimiento; entre otros padres del Ars Magna se cuentan: Platón, Heráclito de Efeso, Aristóteles, Zósimo de Panópolis, Demócrito y Bolos de Mendés. Principalmente Zósimo, a quien se le atribuyen grandes dotes de transmutador, tuvo vasta influencia en siglos posteriores. Uno de sus deudores fue Sinesio, en el siglo IV, y Olimpiodoro un poco más tarde.

Alejandría es un punto de gran importancia en esta historia, que como se sabe fue un lugar de gran sabiduría y albergó parte del conocimiento hermético hasta el legendario incendio de su monumental biblioteca.

Pero debemos a los árabes la vasta labor de recuperación, exégesis y sistematización de la tradición alquímica. Empezó con la invasión musulmana a Egipto en el siglo VII y al mismo tiempo recogieron la tradición irania-persa, ampliamente vinculada a la tradición china. En un paréntesis mencionamos la importancia de la alquimia china, fundamentada en el taoísmo y su doctrina del ying y el yang, pero su objetivo era más el elíxir de la vida que la piedra filosofal; su desarrollo fue independiente de la alquimia occidental.

“Los árabes, es preciso repetirlo, son los verdaderos precursores de la alquimia occidental, que prepararon despojando el arte hermético de la pesada ganga de digresiones decadentes. Al mismo tiempo, son los precursores de la química, de la física y de la medicina, y a otro nivel, de la caballería mística occidental”. (7) [7]

El más importante difusor de la alquimia árabe fue Abú Abd Allah Djabir Hayyan Al Sufi, llamado Geber, y se le atribuyen muchos de los principios prácticos de la alquimia y otros descubrimientos propios de la química (ácido nítrico, ácido sulfúrico). Rhazes en el siglo VIII, e Ibn Sina (Avicena) en el siglo IX, fueron, más que adeptos, difusores de tratados y manuscritos, pero también grandes prácticos químicos, que recuperaron a Aristóteles para Occidente.

Desde el siglo VIII, la alquimia árabe penetra en occidente europeo, a través de España (Córdoba y Toledo). Arraigó lentamente hasta florecer con toda su potencia iniciática en el siglo XIII en la primitiva Universidad de Montpellier, en Francia, donde los monjes eran a la vez científicos y eruditos consagrados a extraer el secreto de viejos y manuscritos herméticos.

Gran importancia tienen cuatro iniciados en el arte hermético procedentes de dicha universidad: Alberto Magno, Arnaldo de Villanova, Roger Bacon y Raimundo Lulio; grandes sabios consagrados al esoterismo que nos legaron importantes escritos sobre arte hermético, a veces tachados de apócrifos: De Alchimia, Admirables Secretos del Grande y Pequeño Alberto, de Alberto Magno; Tratado de Filosofía, de Bacon; El Rosario de los Filósofos, de Vilanova; y el Ars Magna, de Lulio. Estos cuatro sabios encarnaron la vida propia de un alquimista: súbita iluminación, visiones iniciáticas, contactos con lo divino, dotes extraordinarias, problemas con el clero, etcétera.

Continuará...

Lee la primera parte

Notas

[1] Hutin, Serge, La Alquimia, p. 10

[2] Hutin, op. cit., p. 40

[3] Ibid., p. 57

[4] Sadoul Jacques, El Tesoro de los Alquimistas, p. 15

[5] Waldstein, Arnold, Luces de la Alquimia, pp. 19-23

[6] Waldstein, op. cit., p. 38

[7] Ibid., p. 43

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