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¿HACIA DÓNDE VA EL MOVIMIENTO POR LA PAZ?

Martes 5 de julio de 2011, por Anaid

La acción de dialogar pública y masivamente con el poder ejecutivo fue consensada entre Javier Sicilia y la gran mayoría de los familiares de víctimas que han construido y acompañado a este movimiento, que ha tenido desde el inicio no sólo el objetivo de visibilizar a nivel nacional los rostros e historias personales y sociales de miles de víctimas de esta guerra civil sinsentido, sino también ayudar a que esos familiares pudieran asumir cada vez más un rol de sujetos sociales, trabajando por un proceso colectivo de justicia, verdad y dignidad, y no sólo por el esclarecimiento de sus casos personales. En todo momento estuvo claro que se trataba de una acción de “lucha social” y de ninguna manera de un acto simbólico o protocolario para ceder ante el poder. Por ello los discursos fueron construidos colectivamente con exigencias muy precisas que obligaran a los poderes a cumplirlas.

“Sentar a la autoridad” frente a millones de mexicanos para escuchar en silencio el testimonio directo de las víctimas de esta guerra, relatado además desde los medios libres, confrontarlas con firmeza en su complicidad con el crimen organizado, exhibirlas en su incapacidad para aplicar la justicia y una estrategia efectiva de seguridad, cambiarles su agenda electoral por una de la paz (¿cómo va a haber elecciones en un país con 40 mil muertos y 10 mil desaparecidos?), no nos parece algo menor ni fácil de lograr desde el análisis de un proceso de lucha social. Pero claro, los medios y el poder hacen su trabajo: colocan la reflexión no en las exigencias de las víctimas y la necesidad de organizarnos para hacerlas efectivas pronto, sino en una foto o en el castillo. Precisamente este movimiento ha basado mucha de su fuerza en la palabra. La foto del abrazo de Javier Sicilia con Calderón está en todas las tapas de la prensa, pero Javier tiene una mirada seria y firme, grave, Calderón una sonrisa. Humanizar y dialogar con el adversario es un principio básico de la construcción de la política, la paz y la noviolencia, eso no tiene nada que ver con sumisiones o traiciones, las exigencias fuertes y claras que hicieron las víctimas no dejan lugar para ninguna especulación ni manipulación al respecto. 

Algunas de las principales exigencias planteadas en el diálogo fueron: avanzar hacia un modelo de seguridad ciudadana civil y pacífica para desmilitarizar nuestro orden social; presentación inmediata de los desaparecidos y castigo a los culpables; creación de una ley nacional de víctimas (protección, justicia, indemnización, memoria y verdad…); fiscalías especializadas en feminicidios y desapariciones forzadas en cada estado; que la PGR atraiga los casos paradigmáticos de todo el movimiento sea de civiles que de policías (en el Pacto hay ocho); creación de un banco nacional de información genética de ADN de familiares de víctimas; cumplimiento por parte del estado de las resoluciones de la corte interamericana de los casos de Campo algodonero, Rosendo Radilla, Valentina Rosendo e Inés Fernández; colocación en todas las plazas del país de placas con los nombres e identidad personal de las víctimas; pasar en todas las escuelas públicas de este país inmediatamente un video que se le entregó a las autoridades con testimonios de las víctimas de la caravana y reflexionarlo colectivamente con los profesores; protección a la comunidad de Cherán y a sus bosques; protección a los lugares sagrados wirrarikas frente a la minera canadiense y cese al hostigamiento a las comunidades de Ostula y zapatistas; garantizar el derecho al agua de los pueblos de Morelos; desmantelamiento del grupo paramilitar Ubisort en Oaxaca; aprobación de la reforma política…¿cuál es entonces el siguiente paso? Hacer que se cumplan estas exigencias en un tiempo breve, y esto sólo será posible si nos organizamos y mantenemos unidos en las comisiones de trabajo del Pacto, en nuevas movilizaciones noviolentas y presión política. Claro que faltan muchas cosas, este no es un plan de lucha acabado, es sólo un inicio de objetivos reales que apuntan al corazón del problema y a lo único que nos une ahora a miles de ciudadanos: “¡Ni un muerto más! ¡Justicia y dignidad para todas las víctimas! ¡Alto a la guerra!”. 

En esta primera etapa el movimiento ha logrado, nos parece, presionar más hacia el tema de la dignificación de las víctimas, haciendo observable a la nación que estamos atravesados por una guerra de 40 mil muertos y 10 mil desaparecidos en casi 4 años; que la gran mayoría de ellos son víctimas completamente inocentes respecto al delito y que tienen rostro, nombre y una historia personal digna que reivindicar; que no hay dos bandos con buenos y malos, sino que hay un bando donde se entremezclan bandas delictivas con complicidad de fuerzas políticas, armadas y empresariales, y otro bando que pone las víctimas y pertenece a la sociedad civil, organizada y no. Ahora empezamos a caminar hacia otra etapa mucho más compleja: detener la guerra, lograr justicia y verdad, desmilitarizar gradualmente la paz. Desde el ángulo de la resistencia civil, es probable que estemos en la frontera entre la co-operación con la autoridad y la no-cooperación y desobediencia civil, pues la cooperación verdadera sólo puede darse “entre iguales” y si las autoridades no demuestran con claridad que van a cumplir las exigencias ciudadanas de paz con justicia, verdad y dignidad, entonces cooperar se vuelve complicidad con la espiral de guerra.

Ya en el trayecto de la caravana, Javier Sicilia y el movimiento habíamos mandado señales claras de por donde iba el estilo del movimiento en la radicalidad noviolenta: señalar directamente el lugar y sujeto de las responsabilidades victimarias, no retirarse hasta lograr justicia. El primer hecho social al respecto fue el sentar al procurador de Nuevo León a medianoche para presentarle 9 casos de víctimas de la caravana y lograr un compromiso público de presentar en un mes avances en la resolución de los casos. Otro hecho que marca el estilo de esta lucha se construyó en la plaza de Chihuahua cuando Javier colocó de nuevo una placa frente a palacio de gobierno en memoria del asesinato de Marisela Escobedo, increpando al gobernador como inmoral si la quitaba, pues el dueño de la calle es el pueblo. La última acción a resaltar es la caravana –a petición de la comunidad- que llegará este domingo a Cherán con víveres y cuerpos para ayudar en el trabajo por la paz, ante el cerco armado y de hambre que sufre esa comunidad indígena.

Se insistió mucho en el diálogo sobre la posibilidad de sustituir, en parte, el modelo de militarización de la seguridad pública por uno de seguridad ciudadana civil y pacífica, en nuestro país hay experiencias valiosas y originales al respecto, las dos principales que conozco son la de la policía comunitaria de Guerrero y la de las comunidades autónomas zapatistas, allí la droga y el crimen organizado han logrado ser controlados en parte. Por eso también es central la caravana al sur, tenemos que escuchar y aprender de estas comunidades cómo le están haciendo, para difundirlo en todo el país. También para conocer las experiencias de resistencia civil.

Este movimiento de lucha es una expresión ciudadana en línea directa con el fantasma de la “indignación moral” que recorre el mundo y aquí se identificó con el “estamos hasta la madre”, lo que no quita que se puedan cometer errores y se deban corregir, pero desde la construcción, unidad y suma colectiva, colocando a la reflexión como la primer arma. La crítica siempre es bienvenida y necesaria cuando se dirige a acumular fuerza moral y material para la lucha, cuando va acompañada por un cuerpo que se instala en la confrontación. En la lucha contra la inhumanidad necesitamos de todos y ser cada vez muchos más.

 

Pietro Ameglio

La Jornada, 26 junio 2011

 

Fotografía: Anaid Yamel

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